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CRÓNICAS DEL CIRCO: DUERMEVELA Y EL HIPNOTIZADOR

CRÓNICAS DEL CIRCO: DUERMEVELA Y EL HIPNOTIZADOR

Cuando escucho en la calle aquello de la ley de Murphy (que a saber cómo se escribe, porque al menos yo no recuerdo de qué país es) a quien siempre recuerdo, en cambio, en esas ocasiones, es a la desdichada bailarina Duermevela.

Y la llamo así, “desdichada”, porque lo que le sucedió a la muchacha entra en la que considero una de las peores categorías de “desgracia”: justamente una de ésas que, además de ser muy tristes, tiene un lado gracioso, y por eso mismo provoca (para mayor frustración de su protagonista) una inconveniente, exasperante, y mal disimulada hilaridad.

El caso es que Duermevela, además de ser una notable bailarina, ejercía con gran habilidad de ayudante de su pareja, un conocido mago especialista en hipnosis; y fue precisamente aquel amor, tan profundo, tan apasionado, el que a la larga vino a ser la causa de todos sus males: que una noche, cuando el mago la tenía ya completamente hipnotizada y apunto estaba de comenzar a dictarle órdenes absurdas para divertir al público, se alteró tanto con la emoción del espectáculo, que sufrió un infarto fulminante… y en aquel mismo instante, falleció.

Funesto a la par que inoportuno momento de morirse eligió el mago; ese artista que anunciaban como “El mejor del mundo conocido”, pero que sólo supo demostrarlo de la forma más terrible, y encima después de muerto: a la pobre señorita Duermevela ya no existió persona alguna en la faz de la tierra capaz de sacarla de su estado.

Y así fue como pasó el resto de sus días: con una gran sonrisa puesta, aparentemente viva, y diríamos que despierta… pero francamente embobada por siempre jamás.

 

bailarina azul

Bailarina azul, fotografía de Helga Martínez Pallarés (todos los derechos reservados)

 

RECURSOS HUMANOS (LA DIMISIÓN DE “SAPO”)

LA DIMISIÓN DE “SAPO”

Llega el cambio de turno; se acababan de encender las luces de emergencia del decorado del bosque, mientras van colocándose, poco a poco, en sus puestos, los actores de la función nocturna, listos para comenzar la jornada laboral.

Todos llegan más o menos puntuales a la escena; excepto la bruja, que en realidad ya está allí, puesto que como ya sabemos, tiene también otros asuntos burocráticos de los que ocuparse durante el día – atender consultas de princesitas y caballeros andantes o entrevistar destripaterrones aspirantes a príncipe azul de cuento, por ejemplo –

Parece una jornada tranquila: no suelen aparecer muchos príncipes los lunes, después del ajetreado fin de semana. La bruja se pasea puente levadizo arriba y abajo, charlando con un grillo, con fama de chismoso, que le está poniendo al día con los últimos cotilleos del lugar.

–          Esto… disculpe, Señora Bruja. Espero no interrumpir, porque no he pedido cita, pero si fuera posible, aunque solo sean cinco minutos, me gustaría…

–          Ningún problema. Dígame, Señora…

–          Señor. Señor “batracio”, del cuento de “La princesa y la rana”, Señora Bruja.

–          Ah sí… discúlpeme; soy fatal para los nombres, y más a estas horas de la noche, que no han acabado de encender todas las estrellas, y veo fatal. Cuénteme, señor Batracio: ¿qué le trae por aquí?

–          Pues… Como usted sabe, llevo asignado al papel de rana del cuento desde que quedó la vacante, por matrimonio de mi predecesor. Me hechizó usted misma, hace así como cuarenta años, en la feria de mayo. Estoy destinado a la charca del este del bosque junto al castillo.

–          ¿Y qué le acontece, señor? ¿En qué le puedo ayudar?

–          Pues mire usted, Señora Hechicera ¿la puedo llamar así? Venía principalmente a solicitar, bueno, a pedir… ¿Sería posible modificar un poco el cuento? Es que me han dicho que cuarenta años ya son muchos para el papel, y que en breve, se rumorea, bueno, se dice por ahí… que me van a ascender a Rey consorte de otro cuento.

–          Si, algo de eso habíamos hablado últimamente. Y es un buen ascenso, merecido además. ¿No está contento?

Pues no. No estaba contento. Con mucho tacto, para no enfadar a la bruja – que tiene poca paciencia, y ya sabe todo el bosque, que a una bruja nunca es buena idea molestarla- le explicó que no veía que aquel ascenso fuera “tan atractivo”.

Estaba feliz con su puesto. Para él había sido todo un descubrimiento: él que como príncipe corriente y moliente nunca había tenido demasiado éxito con las féminas de los cuentos, de pronto se hizo con una inusitada fama de soltero de oro; raro era el día que no se veía solicitado por una dos, hasta tres princesitas solteras en busca de pareja con la que desposarse, y deseosas de probar suerte con él: hacían cola, esperaban incluso semanas ¡para poder besarle!

Se había acostumbrado a aquella vida; tanto era así, que no tenía intenciones de sentar la cabeza. Con tanta princesita encantadora (y joven) alrededor, no veía interés alguno en cambiar de obra; y además, todas eran preciosas: ¿Cómo habría de decidirse? ¿Qué interés podía tener, pudiendo besar a docenas, limitarse a una sola? Y si la dirección le cambiaba de puesto y luego no le gustaba el nuevo papel, ¿qué iba a hacer entonces? Que después de todo, tampoco era tan mayor; ya se sabe que en ese mundillo, a ciertas edades, los papeles eran más restringidos y más escasos – y con la crisis literaria, mucho peor – pero estaba muy en forma, todavía tenía años por delante antes de dedicarse a papeles mayores – como el de anciano Rey viudo de Cenicienta y cosas por el estilo-…

–            Así que, por todo eso, si fuera posible permitirme continuar… quién sabe, cinco o seis años, o algo así…

Suspiraba la bruja, paseando puente levadizo arriba y abajo, con la obsequiosa rana brincando alrededor. “Lo que tiene darle el papel a un hombre y no hacerlo al revés y contratar a una auténtica rana” – pensó – Aunque visto lo visto, no merecía la pena intentar convencerla de lo contrario, porque asignarle a según que damiselas, demasiado románticas o demasiado cándidas, habría sido un grave error.

Dio tres o cuatro vueltas más, y al cabo, decidió concederle su deseo. Ya había decidido a la vez, cual debía ser el escarmiento para la rana: mejor que disfrutara de las princesitas de “su obra” todo lo que pudiera.

Pronto tendría una edad poco adecuada para príncipe heredero; y como no había querido ascender a Rey en su momento… se quedaría de Sapo para las fábulas de Samaniego – condenado al estricto celibato, por exceso de ambición –

Fuente del sapo (Parque del Retiro, Madrid)

Fuente del sapo

SEGUNDA JORNADA DE HUELGA DE GARBANCITO

ACTUALIDAD: HUELGA DE GARBANCITO, SEGUNDA JORNADA

Garbancito se he manifestado esta mañana, en una segunda jornada de huelga general para protestar por el uso indebido de su imagen en los cuentos de las redes sociales que se están publicando con su nombre.

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